jueves, 7 de julio de 2011

Sopa de letras y brujas

Eran más de las dos horas de la mañana, si es que ese tiempo existe. 
El consejo de brujas discutían al abrigo de la noche, mientras, con pura disposición a homenajear a los hermanos Grimm, observaban el burbujeante caldero en el que se recocía la sopa de letras tradicional.
Yo observaba, estupefacta, desde unos arbustos, sin hacer el menor ruido por miedo a ser descubierta y tener que ceder mi cómoda soledad.
En el caldero se hervían las letras de una sopa incongruente; la ebullición funcionaba perfecta como score de la escena. Si hubiera podido aplaudir, lo hubiera hecho, aunque el hubiera no exista, por la perfecta caracterización y montaje.
Las brujas, hermosas por cierto, contradiciendo casi todas las imágenes e ilusiones que de ellas puedan tenerse, excepto, quizá, las germanas, suizas, suecas, francesas, brasileñas, japonesas, mexicanas... excepto, mejor dicho, aquellas que chocan con un imaginario colectivamente benévolo con su mito; ellas, las tres que yo observaba y recocían una sopa de letras, eran realmente bellas.
La primera, desde mi punto de vista, guiaba la conversación por rumbos desorbitados, hablaba de galaxias lejanas, magos, princesas, que habían perdido la cabeza ante una sola de sus miradas.
La segunda jugueteaba con la sopa; sus intervenciones conversacionales se sometían al azar de la letra que burbujeaba en el caldero, a, arañas, c, cabeza de coco, x, Xochimilco...
La tercera se concentraba en el fuego que alimentaba el caldero, reía, presente, bien presente, pendiente de los magos, princesas y galaxias de la primera. 
En el caldero se cocían las letras de las palabras que designarán el futuro. Ellas son las tres hermosas cocedoras de la sopa de letras del destino. 
Se desborda el caldero y un chorro de letritas se resbala y leo "aqui", sin tilde.

lunes, 14 de febrero de 2011

Nota positiva

Las mejores cosas ocurren de la manera más inesperada. Eso me decían, casi nunca lo creí. Mi madre es una de esas personas agresivamente positivas, y me lo contagió; mi padre tiene otro poco de positivo, pero de una manera menos directa, más circunstancial. Pero yo sólo me lo creía por cuentos chinos y consejos en despedidas.
Cuando la conocí, me deslumbró el brillo de sus ojos, con cliché y todo, ellos y su sonrisa fueron lo mejor. Su rostro iluminó aún más una bahía ya animada, fue como superpuesto, como con el poder de hacer que todo lo demás, se azotara una y otra vez con el suelo para brillar más- ya he dicho antes que la actitud positiva de mi madre es un poco agresiva-.
Ella me miró desafiante, y yo como buena esquiva de la fortuna casi salgo corriendo, si hubiera tenido dos años y doce kilos menos, seguro lo logro.
Pero no pude. No pude huir. Y ella me dejó pasmada desde ese día.
A veces hay cosas buenas, a veces hay cosas malas, a veces soy muy asertiva, otras tantas peco de distraída, incompetente, desesperada. Pero el brillo de sus ojos y su sonrisa aún me dejan pasmada. Y estoy aquí, con la esperanza de hacerla reír todos los días, de vigilar sus sueños, de construir más y más recuerdos.
Yo, la pasmada, sigo observando, porque me gusta observar el tiempo, emplearlo e inútilmente tratar de medirlo en meses y años, para regalárselos a ella, que me sigue robando el aliento, y provocando ganas de salir corriendo y de sostenerla y de apretarla y morderle las mejillas, y volar, así, como si lo contradictorio fuera lo más natural del mundo.

martes, 14 de septiembre de 2010

Corto.

Nadie supo qué pasó en febrero,
-sólo se saben los chismes funerarios sobre aquel amor-
cuando ella sonreía al espejo y todo parecía en calma.
Ahora la incertidumbre no la deja dormir.
Ella escampa su martirio.
Poco sabe, pero intenta entender:
-después de todo el entendimiento es gratuito-
lo que pasó corriendo entre sus piernas es el recuerdo.
Valen más cuatro años, que su entierro,
siempre han valido más. Valen más que el espejo
donde se ha visto desde siempre.